De la cancha al café. Juega con elegancia.
Una bailarina latina no sale a la pista con una camiseta vieja.
Viste la gloria, porque el ritmo del cuerpo merece ser amplificado.
Nosotros jugamos al pádel de la misma manera.
No por el marcador. Por el chasquido del punto dulce. Por la risa
al otro lado de la red. Por el sudor que atrapa la luz del sol.
El movimiento nos hace felices porque estamos vivos, no porque
estemos ganando.
Pero la felicidad no debería irse por el desagüe con la ducha.
En el camino de la cancha al restaurante, no queremos escondernos detrás de
ropa aburrida. Queremos llevar el resplandor de la victoria y la belleza a nuestras
vidas, como una bailarina que lleva su vestido a la fiesta posterior.
La belleza es la continuación legítima del movimiento.